¡Ayer encontramos felicidad!
Apenas el pasado viernes 16 de octubre en nuestra ciudad de Monterrey circulaba la muy aterradora noticia de que una bebé recién nacida (tan sólo unas horas antes) había sido raptada. Pero hoy nos sentimos felices.
De un cuarto del Hospital Metropolitano donde se encontraba con su madre, Una mujer había sacado a Amanda Vanessa Carrizales mientras la madre estaba en el baño. Por fortuna, algunas imágenes captadas por las cámaras de seguridad del hospital que fueron difundidas en distintos medios de comunicación (impresos, televisión e internet) permitieron de alguna forma que la pequeña se encuentre nuevamente con su familia tal y como suponemos era el plan original desde que fue concebida y a lo largo de los 9 meses en que sus padres cuidaron y esperaron su nacimiento.
Aunque no cabe duda que entre tantas noticias que en los últimos meses se han estado difundiendo en nuestra ciudad y área metropolitana (la mayoría de ellas con un tinte de violencia al parecer ya “acostumbrado”), saber que la pequeña Amanda Vanessa ha regresado con su familia nos causa una alegría inesperada; esa alegría que nos permite la esperanza y la ilusión de que las cosas pueden ser mejores. Es cuestión de leer y escuchar por los medios que sean posibles las reacciones y comentarios de las personas al respecto; una emoción de felicidad compartida se respira entre la mayoría de los habitantes. El sentimiento de compartir la felicidad de esta familia nuevamente reunida nace de sentirnos todos, de alguna manera, partícipes y colaboradores de haber encontrado a la pequeña; desde la simple indignación ante lo sucedido hasta la publicación en cadena del rapto (aunque no se trataban quizá de integrantes directos a nuestras familias), nos permite ahora disfrutar también de la alegría que esta familia tan afortunada ahora disfruta.
Me lleva todo esto a pensar en el cómo la actitud ante un sentido de identidad y pertenencia puede en definitiva provocar cosas que quizá parecen no posibles. Me hace reflexionar sobre el cómo y hasta qué punto es real que cada uno de nosotros, como pequeñas piezas de un rompecabezas, tejemos las condiciones del lugar donde vivimos y del cual compartimos, cada uno desde su particular cotidianeidad. Y todo esto me obliga a cuestionarme sobre el compromiso de mi actuar en mi entorno, entendiendo no el compromiso sólo desde el contexto de la responsabilidad, sino desde la capacidad que puedo tener para accionar elementos en pro de la salud y bienestar de mi comunidad; en pro de construir felicidad. Esa felicidad la cual hoy en día parece, más que un logro, todo un suceso proveniente del destino y la buena fortuna.
Pero bueno, hoy por hoy nos sentimos felices. Me quedo con la esperanza de que podamos “acostumbrarnos” a esa felicidad así como nos ha sido fácil acostumbrarnos al terror de las noticias graves, accidentadas, amarillas y llenas de violencia, para entonces así comprometernos en construirla cada uno desde nuestra propia capacidad.
Felicidades a la familia Carrizales, y felicidades a mi ciudad por el esfuerzo de encontrarla.