Yo esperaba fuera del salón de clase que me correspondía y escuché estas palabras que el maestro de Matemáticas (previo a mi hora) les decía a los estudiantes del primer semestre, con voz férrea y definitiva. Mientras tanto, yo pensaba: “Y yo que venía a decirles lo contrario”.

Desde hace  algunos semestres atrás que estoy paseando en mi cabeza ideas en relación al por qué de las problemáticas principales que afectan a nuestros estudiantes, las cuales redundan en los fenómenos de bajo rendimiento académico, ausentismo, y deserción/abandono, esto en los más terribles de los casos. A sabiendas de los variados factores involucrados (de los cuales hay algunos sobre los que no tenemos injerencia como servidores de la educación formal), encuentro unos cuantos más o menos comunes que me parece haber detectado poco  a poco a lo largo de mi experiencia en el campo. Es difícil enumerarlos todos de un solo golpe, pero los iré compartiendo en diferentes posts.

En varias áreas de consulta me ha tocado leer, escuchar y discutir sobre una serie de propuestas estratégicas que pudieran ser de utilidad en la práctica docente, la mayoría con innegables cualidades funcionales. Sin embargo, recuerdo que en el curso de introducción al bachillerato en el que trabajé durante el mes de Julio reciente, les contaba a mis alumnos sobre cómo hay niños pequeños que acompañan a sus padres cuando dejan a sus hermanos mayores en la escuela y de cómo regresaban a sus casas añorando el momento en el que también carguen con su mochila y puedan ir a sus propias clases, hacer tareas y tener maestros. Absolutamente todos mis alumnos en esa clase estuvieron de acuerdo con mi comentario, a lo que yo continué preguntándoles: “¿Cuál es la diferencia entre estos pequeños tan emocionados con la idea de estudiar y ustedes, ahora que comienzan el bachillerato?” Y mis alumnos hicieron una lista de factores que se resumen en la siguiente lista:

  • Para los niños se trata de una novedad, y para los bachilleres ya es una rutina.
  • La exigencia es mayor respecto de los trabajos en la medida que se tiene mayor edad.
  • Los niños no van a estudiar en realidad; ellos sienten que van a jugar y eso les gusta.
  • Los niños pequeños aún no saben lo que les espera más adelante (respecto de la exigencia).
  • Los pequeños se divierten y nosotros no.

“Los pequeños se divierten y nosotros no”.

En el campo de la educación centramos nuestra atención en encontrar aquello que debe hacerse, lo cual debiera responder (según yo) a lo que se necesita. ¡Pues divertirse al aprender es altamente necesario! Sé que el concepto de diversión está comúnmente relacionado con situaciones relajadas y, erróneamente, de leve importancia o superficiales en comparación de lo “realmente” importante. Sin embargo, creo que eso es cuestión de perspectiva.

La diversión tiene una implicación más estrecha con la idea de “disfrutar”, y esto sí que me parece válido e, incluso, necesario en el proceso de aprender. El goce del conocimiento, el disfrute de sentirme en la capacidad de atender y resolver lo que me implica, alcanzar mis metas, saber, crecer. Y lo que es todavía más emocionante: descubrir y construir. Aquí es donde está la magia en los pequeños: atender a su imaginación y darle forma; convertir los sueños en proyectos y realidades. Disfrutar. Es verdad que la dificultad de los contenidos aumenta en comparación con otros anteriores, pero esto es porque nuestra capacidad de aprendizaje también cambia y madura. Me parece que, al menos en teoría, pensar en que aumenta nuestra capacidad de aprendizaje, aumentaría también el disfrute de ello. Y esto (en palabras más, palabras menos) es la razón de ser de la posterior experiencia vocacional que debiera sernos tan anhelada durante la adolescencia, pero que en realidad despierta hasta temor en muchos de los casos (lo cual será tema de conversación en otro momento).

Es difícil hacer lo que no nos gusta, ¿no creen? Y si no disfrutamos de aprender, qué difícil se vuelve hacerlo. Y eso podemos verlo reflejado, no sólo en el ámbito académico; está en todos los aspectos de nuestra vida, puesto que aprender es el pan de cada día en las diferentes actividades en que nos desempeñamos: Conocer  nuevas personas y establecer relaciones con ellas; atender a las preguntas que mis hijos hacen cada día con lo nuevo que ellos van aprendiendo; crear nuevas estrategias ante las problemáticas que surgen en mi trabajo; leer y encontrarme con conceptos, ideas o temas que desconozco… Y si no disfruto de aprender, no me adapto a lo nuevo. Y si no me adapto a lo nuevo me vuelvo intolerante, impaciente, inoportuno, incapaz. Cierro las puertas a soluciones y decisiones que son necesarias, lo que en muchas ocasiones tiene un fuerte impacto en mi entorno.

Entonces, la diversión debe estar presente como ingrediente vital en los procesos del aprender. Disfrutar lo que hago me involucra y me permite identificar mi desarrollo, éxitos y dificultades en el desempeño de lo que hago. A su vez, estar al tanto me permite tomar decisiones y solucionar. Resolver me permite crecer, mientras fortalezco el concepto positivo de quién soy y cómo soy. Descubro que mi hacer refleja mi sentir, y así puedo crear estrategias para ser quien quiero ser. Refuerzo entonces mi disposición a seguir aprendiendo mientras disfruto de ello, pues lo que hago refleja lo que quiero ser y hacer, y eso me gusta. En pocas palabras, disfrutar del aprendizaje hace posible construir mi felicidad.

Y me pregunto:

  1. ¿Disfruto de lo que hago hoy en día? ¿Cómo puedo hacer para lograrlo?
  2. ¿Qué cosas se me dificulta aprender y porqué?
  3. ¿Cómo puedo estimular a quienes se encuentran a mi alrededor de manera que desarrolle su interés (disfrute) y, por lo tanto, su aprendizaje en aquello que deben conocer?